Lo bueno de las buenas historias es que no tienen que acabar bien. Seguro que poco a poco los resquicios de impotencia y los reproches a nuestra propia actuación se irán tornando en orgullo por lo conseguido. Más aún cuando sabemos que estamos asentando los cimientos de este club.
Salimos de Fuerteventura con el tiempo justo. Para que “no le pillara el toro” Martín decidió “hacer noche” en el propio campo y nos lo encontramos “echando una cabezada” en un banco cuando llegamos. Por otro lado Marquitos se vio implicado en una conjura del transporte público canarión. Solventados los problemas y agradeciendo la posibilidad ofrecida por “El Club” de retrasar un poco el comienzo del partido, salimos a calentar. Tratamos de repetir patrones de conducta de la semifinal. Dimos las tres vueltas de rigor, detrás de la hache, pero no se sentía igual. Yo al menos las sentí forzadas. Creo que nos metimos en nuestro papel de convidados de piedra.
Comenzamos abajo en el marcador, dos patadas certeras del Club pusieron muy pronto el 6-0 en el marcador. Nosotros también tiramos a palos con suerte desigual. Peleamos, nuestros gordos descubrieron que ellos eran humanos y comenzamos a ganar melés. Placamos y saltaron algunas chispas. Ellos empezaron a creer que podíamos ganar antes que nosotros. Y antes del descanso, ensayaron. 13-3. Hasta el resultado se parecía al de hace una semana. Apretamos, jugamos en su campo, hasta el 13-9, pero ellos se quitaron de encima la presión con un ensayo transformado que puso el 20-9 y otro postrero que rompió cualquier ilusión de remontada. 27-9.
No es muy larga la crónica propiamente dicha, pero es que fue un día de sentimientos. Y no soy el más indicado para dar charlas sobre fallos, o soluciones. Sólo sé que estas sensaciones no las olvidaremos. Incluso cuando dentro de muchos años visionemos otra vez el video del partido, y tratemos de recordar el nombre de algún compañero al que le perdamos la pista.
Yo soy persona de referencias, y en cuanto a saber estar en el campo he de decir que la mía es Jaime. Si alguna vez estoy demasiado caliente con algo, o frío, o desmotivado, le miro a él. Sé que él es la referencia correcta. Si Jaime está zumbándole a alguien sé que ese alguien las merece, si está cabreado sé que es con razón. Y al terminar el partido, nuestro “Jaime I de Villaverde” se emocionó hablando con el equipo. De manera que mi emoción y la de todos, no estuvo fuera de lugar.
Y algo que hace muy grande al Mahoh es que con tres años de vida, hemos vuelto de Las Palmas decepcionados por perder una final a la que muy pocos hubieran apostado que llegaríamos. Durante el energético y sano tercer tiempo, se escuchaba decir a muchos mahohs: “A estos los podemos ganar” y señores, la próxima vez que juguemos contra ellos, no seremos unos convidados de piedra desde el primer minuto.
Quizá este encuentro se produzca dentro de no mucho. Tenemos que volver a Lanzarote, a defender nuestra”Bocaina” Y… Quizá al final esta película acabe bien.
